Continua

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La historia no termina ahí. Seguía corriendo como si fuese persiguido por no sé quién. Con más fuerzas que nunca. Desconocía que tenía esa capacidad en mi interior. “Juan, ¡Juan!”, me gritaba eufóricamente la gente. Pero yo como si nada, seguía corriendo.

Por momentos, corría tan rápido que sentía que me tropezaba y me caía. La sensación era tan fuerte que parecía real y tan real que hasta me desconcentraba y realmente me hacía pisar mal y lo sentía. Lo sentía desde el tobillo, que apenas se doblaba, hasta la cabeza, pasando por la cintura. Como si todo estuviese conectado. Era un pensamiento que se convertía en acción, que nuevamente volvía a la cabeza como sensación…

“¡JUAN!”, se escuchaba a lo lejos. Y yo, que corría por algo que no sabía si jamás iba a alcanzar, me alejaba cada vez más de ellos. Corrí tanto, que ya había sudado lo suficiente como empezar a tener sed, pero no podía detenerme para conseguir agua. Había algo (externo) que me decía que tenia que seguir corriendo. Sin importar quien estaba atrás, adelante o a mis costados. Por momentos me sentía como un caballo con anteojeras, persiguiendo un objetivo que ni el propio caballo sabe cuál es, pero hacia ellos corría.

“No continúa”, pensé y frené repentinamente. Casi con el corazón en la mano, me pregunté: “¿Qué estoy haciendo?”

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