Pintar

Anoche me invitaron unos amigos a pintar al puerto. Sí, a pintar. Yo estaba en casa, escribiendo algunas cosas y pensando qué hacía. Ir a pintar al puerto no era una mala propuesta, pero yo no iba a pintar, así que me tenía que buscar algo para llevar para hacer. Entonces, para no errarle, cargué todo en el auto: monociclo, guitarra, bongó, clavas, pelotas, mate, cámara de fotos, cuaderno y lapicera. Tenía todo lo necesario para hacer cualquier cosa, lo que imaginara.

Como no tenía ni idea con qué me iba a encontrar cuando llegue ni tampoco sabía cuál era la onda de “ir a pintar al puerto”, busqué abrigo y algunas provisiones de comida. Como para pasar unas buenas horas ahí. La noche estaba fresca (no hacía frío, pero todo podía cambiar en “un par de horas”) y además no había cenado.

Una vez que terminé de escribir lo que estaba escribiendo, cierro todo y arranco para el puerto intrigado sobre qué estarán haciendo estos pibes. Ni bien llego, me enfrento al trapito de turno detrás de los galpones del puerto, que no me quería dejar pasar porque estaba cortado y qué sé yo. “Voy a estacionar ahí nomás” -contesté y me fui sin más. Estacioné y me bajé del auto. Dejé todas las cosas ahí ya que, como no sabía con lo que me iba a encontrar, tampoco sabía qué iba a proponerme el lugar para hacer.

Llego a dónde estaban mis amigos pintando, y veo que además de ellos había un grupo de gente ladillando. Preguntando de todo, qué es lo que están pintando, si tenían permiso, si iban siempre, cualquier cosa. Se ve que yo no tenía muchas ganas de hacer sociales con nadie, me sentía como aturdido y cada pregunta que hacían me molestaba.

Pasó un rato, esta gente seguía deambulando por ahí y yo seguía como molesto, con mala onda. Mucha gente mirando y haciendo preguntas que yo no tenía ganas de contestar; entonces optaba por no hacer nada: sólo mirar. Por ahí, cuando me preguntaban algo mis amigos decía algunas palabras, pero principalmente mi silencio se hacía presente.

De a poco la gente se empieza a dispersar, y mágicamente me empiezan a venir algunas ideas sobre qué podía escribir. Algo relacionado con El Guionista, que lo vengo pensando hace un tiempo ya.  Masticando un poco la idea y siendo preso del embudo que encuentro entre mi cabeza y el texto. La imaginación es mucho más grande de lo que mis escritos pueden expresar.

Ese impulso no fue lo suficientemente grande como para empezar a escribir sobre El Guionista. Rápidamente se esfumó. Aproveché ese momento, de pérdida, para ir a buscar el cuaderno y la lapicera que había llevado con el fin de escribir algo. Me pareció que era el momento. Busco las cosas y vuelvo al lugar. Nuevamente me encuentro con gente molestando si se quiere y rompiendo cada dos o tres minutos la concentración y el estado al que había logrado llegar.

¡Click! Se me ocurre escribir sobre eso mismo. Sobre los Momentos, sobre los disturbios, sobre la pérdida de concentración y la necesidad de estímulos para volver a encontrarse en algún estado en particular. Inclino la lapicera sobre el papel y escribo: “Momentos”, subrayo el título y empiezo. Escribo casi todo un párrafo, que parecía estar bastante bien explicado y expresando una idea interesante. Casualmente cuando termina el párrafo mi estado es interrumpido por la siguiente canción proveniente del celular, con una diferencia notoria en cuanto a su volumen, que hace que pierda la concentración y no pueda volver a recuperarla.

Así debía ser. Probablemente lo que estaba escribiendo no era lo suficientemente interesante como para que lo siga. De hecho, lo intenté, pero no hubo caso. No venía nada bueno relacionado al párrafo que había escrito, en cambio, me aparecían ideas, en forma de flashes relacionado a El Guionista, a la creación y a diferentes realidades. Me pregunto si tienen sentido las ideas que se me aparecen. Sonrío. Mis amigos me miran y yo mismo me veo ahí, sentado contra la pared y riéndome sólo mirando hacia la nada, al horizonte. Me vuelvo a reír pero esta vez de mi mismo, de haberme reído solo. Pienso que me estoy divirtiendo sin hacer nada, “absolutamente nada”, con sólo pensar.

Pienso que puedo divertirme todo el tiempo que quiera, creando lo que quiera. Escribiendo. Pensando. Creando un mundo completamente diferente. ¡Pluf!. Mágicamente, me distraigo. Miro hacia mi alrededor y noto que la gente se había ido. Quedaban sólo mis amigos y yo en el lugar. Noto un cambio impresionante de energía en el ambiente. Lo comunico: “Cómo cambió la cosa, ¿eh?”.

Miro nuevamente el horizonte. Me detengo un rato. Mente en blanco durante unos segundos. Dejo caer la lapicera sobre el papel y empiezo a escribir lo que venía pensando:Crear. Me detengo. Lo pienso nuevamente y reafirmo mi idea de que podría divertirme sólo creando una nueva historia y que incluso luego podría hacer que más gente se divierta sólo con leerla.

Subrayo el título y casi con la misma fuerza de esa raya empiezo a escribir. Con esa idea firme en la cabeza: la de crear, la de hacer viajar a uno mismo o a otros. En la posibilidad de hacerlo. Se me vienen un montón de preguntas a la cabeza y siento que no me alcanzan las manos para expresarme. Otra vez me veo atravesando un embudo con una boca gigante que termina con un piquillín pequeñísimo y veo claramente cómo muchas de mis ideas quedan afuera, son pisoteadas por la siguiente idea y pienso que quedan inconclusas. Veo que ese embudo está vibrando, como si estuviera por explotar. Aprieto los dientes e intento ampliar ese piquillín, pero lo único que veo es que empieza a rebalsar y algunas gotas se derraman por la parte de arriba, recorriendo todo el embudo hasta llegar al piquillín.

Agarro esas gotas, lo combino con lo que atraviesa el embudo completamente y sigo escribiendo. Sigo con la idea de que podemos crear lo que queramos y sigo desarrollando esa idea durante un tiempo. Unos cuántos párrafos más. Pienso que podemos ser nuestro propio Dios y que podemos vivir nuestra propia realidad, pero que también la podemos compartir. Sonrío nuevamente y me veo sonriendo. Me observo y pienso: “Estoy re loco. ¿Qué hago riéndome sólo?”

Cuanto más escribo, más realidades me aparecen, más formas de comunicarlas y más formas de crearlas. También así de compartirlas. Me pregunto cómo sería la realidad en la que nos gustaría vivir y cómo la haríamos. Me voy de viaje por ahí. Pienso que no podemos imaginar algo completamente diferente a lo que sentimos. No hay forma.

Vuelvo de ese viaje, con unas cuantas ideas más. Creo haber estado en otra realidad por algún instante. Viajando. Completamente aislado de mi alrededor. Me había olvidado que estaba en el puerto, que había gente a mi alrededor y que otras mil cosas pasaban a mi alrededor. Pero volví. Volví con la idea de que había estado un tiempo en otra realidad y que todos al menos vivimos dos realidades: “la” realidad que nos rodea y la que vivimos cuando no volvemos a despertar.

Tiro el cuaderno. Dejo la lapicera. Esto se había terminado. Miro las pinturas de mis amigos y me sorprendo. Nunca había vivido eso: tres personas pintando a mi alrededor en plena ciudad. Además, muchos de las pinturas que habían hecho me gustaban. A la mayoría de ellas les encontraba un significado que lejos estaba de ser el significado que le dieron ellos. Estaba entrando en otro mundo a través de esas pinturas. Un mundo que yo mismo estaba creando.

Me propongo pintar algo yo. De hecho, a eso me habían invitado ¿no?. Pregunto cómo se hace, qué necesito saber y qué pincel y pinturas podía usar. No obtengo una respuesta demasiado elaborada. Agarro un pincel cualquiera, lo mojo en nafta, agarro un color y me voy a pintar. Empiezo haciendo unos cuadrados sin relleno. Los entrelazo. Se me vienen miles de opciones y caminos para seguir. Sigo haciendo cuadrados de diferentes colores, como si fueran unas cadenas. Hago un rectángulo, pero esta vez relleno con el mismo color y pienso… ¡La cagué!

Miro detenidamente la pintura y encuentro que ese rectángulo me daba como una división en la pintura. Entonces, sigo pintando del otro lado del rectángulo. Esta vez empiezo con un triángulo grande. Pienso en lo complicado que es pintar y más en la superficie irregular sobre la que lo estaba haciendo. Admiro más que antes las pinturas que habían hecho mis amigos. Las encuentro muy profesionales si se quiere.

Pinto otro triángulo y lo entrelazo con el grande. Pienso en balancear los colores. Pienso en la división que me había generado el rectángulo relleno. Creo que podría agregar un rectángulo inclinado entrelazado con los triángulos para romper un poco la idea. Me vienen a la mente muchas de las cosas que había estado viendo: gente jugando con la pintura. Recuerdo algunas “técnicas” que había visto, como salpicar y dejar gotear.

Cargo mucho el pincel de rojo y dibujo un círculo pequeño. Se empieza a derramar una gota. Atractiva. La miro y la sigo con la mirada. Veo una explosión en la parte superior, donde se encontraba el círculo pequeño. Lo expando. Lo hago explotar. Le pego con el pincel. Lo miro fuerte. Le demuestro mi bronca y lo hago explotar manchando los triángulos que estaban a su alrededor.

Me alejo. Lo miro un rato. Intento buscarle algo más. Lo veo incompleto, pero no veo qué es exactamente lo que le falta. Pienso en el balance de los colores y en que me había gustado como había quedado la explosión roja. Busco otro color más claro. Dibujo una explosión similar a la anterior del otro lado de la división. Pero esta vez con una gota un poco más agresiva y viajera. Mancho lo que puedo mientras expando el color grisáceo que tengo…

Nuevamente me alejo, lo miro y noto que le falta luz. Que está opaco, apagado. Pregunto qué colores claros hay y en particular sobre el amarillo. Pero este se había terminado. Pienso mientras observo cómo soluciono mi problema.

Un momento más tarde me ofrecen el tarro de amarillo con un chorro de nafta. Estaba demasiado diluido para pintar, pero era exactamente lo que necesitaba. Yo quería luz, y pensaba hacerlas en formas de gotas salpicadas. Sumerjo el pincel en el tarro lo más que puedo, me alejo de la pintura y salpico apuntando a la explosión roja en particular. Extiendo esas gotas por toda la pintura y veo como esta empieza a revivir…

Aún le faltaba algo. Algo que no estaba completamente seguro de qué era, pero tenía alguna forma circular. Quizás no perfecta, pero un intento. Algo que complete un lugar que encontraba vacío. Me voy a buscar un color verde claro y dibujo un medio círculo pisando el rectángulo inclinado y fusionándolo con el triángulo grande. Hago que ese medio círculo explote hacia el centro. Lo arruino. Lo mancho y distorsiono hasta que encuentro el punto justo en cuanto a su forma, pero igualmente veía que le faltaba un poco de mugre. De maltrato.

Busco el amarillo diluido y le paso unas luces por arriba, disperso el verde de abajo y se mezcla con el amarillo. Lo intento arruinar lo más posible hasta que finalmente lo veo destruido, arruinado completamente. Estaba perfecto.

Busco el negro para el toque final. Creo una nueva explosión derramada. Que se derrama hasta llegar al círculo completamente destruido y lo termina. Le devuelve la vida que había perdido. Agrego unas luces verdes y grises en la explosión negra y creo haberlo terminado. Lo miro durante un momento y después de un rato creo haberme enamorado de lo que acababa de hacer.

Lo llamé “Recopilando información”

Un poco de contexto:

Un pensamiento en “Pintar

  1. […] fuertemente en la vida misma, las energías y las diferentes realidades tuve un flash en el cuál pude escribir algo al respecto de eso en un post. Como dije antes, hace algunos años ya he vivido alguna de estas situaciones, pero ahora creo que […]

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