La huella y el carpintero

Martín despierta desesperado, con ganas de salir corriendo de la habitación en la que se encuentra. Aunque realmente no sabía dónde se encontraba exactamente. Sin embargo, simulaba ser un lugar de más conocido por él. Poca luz, inquieto y aturdido. Desesperante.

Intenta buscar una salida con la vista y lo primero que ve es lo más parecido a la puerta principal de esa habitación, aunque un poco encandilado por la luz proveniente de ella no logra distinguirlo. Pero sí, el creador de la historia sabía perfectamente que esa era la puerta principal, la puerta que lo llevaría a la salida de esa “cueva”.

Él desesperado y pensando en que pronto podía escapar por esa “puerta de luz”, salta de la cama y cae lo cual lo haría un gato en la alfombra. Impulsado por su peso, la alfombra desliza lo suficiente como para que sea imposible mantener el equilibrio sobre ella y Martín cae al suelo de la misma forma que un huevo se revienta contra el piso. Explota, grita del dolor, y quiebra en un llanto de bronca; estando tan cerca de la “salida”. De lo que él creía que era la salida, pero sin embargo no lo sabía y tampoco estaba convencido como para afirmarlo.

Una vez ya en el piso, empieza a sentir el calor proveniente de la puerta. Por algún motivo en especial, la luz y el calor que ingresaba por la puerta no afectaban a toda la habitación. La habitación seguía oscura y tenebrosa. Pero Martín los sentía tan exagerados que casi ni se le veían las pupilas.

Intentando levantarse, comienza a enojarse con él mismo; por haberse caído, por no haber mirado, por no haber podido controlar el equilibrio, por haber olvidado completamente lo sucedido la noche anterior y despertar en “ningún lugar”. En algo completamente indescifrable.

Se levanta. Se quita la tierra de encima y va por un segundo intento. En este caso, sin ninguna complicación. Llega a la puerta, apoya la oreja sobre ella e intenta escuchar del otro lado. Nada. Mira hacia abajo y ve que la luz salía particularmente de la cerradura y sentía que el calor venía del mismo lugar. Parecía un láser que perforaba la piel.

Contento con su hallazgo y valentía. Estira la mano hacia el picaporte, intenta girarlo y misteriosamente gira. Empuja, y cuando empuja, la luz casi mágicamente se apaga. No ruido, no luz, no humo, no olor, no… Nada.

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